Por León Noel
Crónica de época y rescate testimonial al pie del cerro Champaquí, en una charla íntima con la señorita Mercedes Castellano sobre los orígenes, las familias y las transformaciones de Traslasierra.

Los álamos comienzan a agitarse. Un viento fresco, después de varios días de intenso calor, envuelve el ambiente. Las ramas más altas parecen estremecerse ante la negra nube que se acerca rápidamente. En la montaña, un ronco trueno sucede a otro; todo se torna violeta y verde, destacando más que nunca las manchas blancas de las casitas al pie del cerro.
—Se acerca la lluvia…
—No… Pasará de largo… Lloverá esta noche, pero por el lado de San Luis…
Esto lo dice fríamente, estoicamente, quien necesita el agua para sus campos; quien conoce a fondo los secretos de la montaña y de la lluvia.
—Pasará de largo… y con la falta que hace. Por suerte en Yacanto, aunque no mucha, siempre tenemos agua. La vertiente que baja de los Comechingones desde hace siglos, impasible, no nos abandona. Nos hemos hecho a esta agüita, hemos nacido y crecido a su lado. ¿Qué sería de nosotros si un día no escucháramos, día y noche, este ruidito musical del agua que pega contra las piedras?
La vertiente no se secará; nunca ha mermado y nunca mermará. La naturaleza es solidaria con Yacanto, como Yacanto lo es con ella. Así se vive aquí: silenciosamente, creyendo solo en la montaña. Yacanto parece no tener almanaque ni reloj; detuvo las agujas del tiempo y suprimió las hojas de los días.
Se vive como ayer, como en el siglo pasado, cuando la vida transcurría con otra calma. Ahí están los grandes sauces llorones en las aceras, los patios coloniales, los jazmineros en flor y las amplias galerías cubiertas de parras. Todo envuelto en un aroma a memoria. No se vive el presente ni se piensa en el futuro: se habita en el recuerdo.
En la casona de uno de los Castellano
Estamos sentados en la galería de la casona familiar, frente a la espigada figura de la señorita Mercedes Castellano, personalidad consular del pueblo.

—¿Y cómo se queda usted solita, señorita, aquí en Yacanto?
—Casi todos los años hago mi viaje a Europa. Primero leo, leo mucho; y después voy a conocer de cerca lo que ya conozco a fondo por los libros. Pero enseguida vuelvo a esta tierra de mis mayores. Aquí he nacido y aquí estoy. Quien nace junto a la montaña, ha de morir junto a la montaña…
Para comprender la sentencia y a quien la pronuncia, repasamos un poco de historia local. Doña Mercedes nos acerca un tomo de Historia del Valle de Traslasierra, de Víctor Barrionuevo Imposti.
A principios del siglo XVII falleció don Miguel Maldonado, caballero español, y la antigua estancia Yacanto quedó sin dueño. Alrededor de 1644, el gobernador le otorgó la merced al alférez don José de Quevedo. Al morir Quevedo y pretender heredar su hijo, reapareció la viuda de Maldonado iniciando un litigio sucesorio. Sin resolución clara, las tierras volvieron a quedar vacantes hasta que fueron divididas y ejecutadas: de un lado quedó el casco de la estancia (el actual pueblo de Yacanto) y del otro lo que hoy es San Javier.
En 1717 surge la figura del capitán Cristóbal Barbosa, quien adquirió por 350 pesos «la estancia y hacienda Yacanto». Años más tarde, los españoles Castellano se afincaron en la zona tras el matrimonio de don Cayetano (Galletano) Castellano con doña Tránsito Barbosa.
—Le diré a usted: en 1786 partieron de España hacia América los tres hermanos Castellano. Cayetano se radicó aquí; otro en el Uruguay, y el tercero se dirigió a Salta, fundando la rama a la que perteneció don Joaquín Castellano.
Mercedes relata los hechos en un purísimo castellano, mientras exhibe álbumes de familia, viejos pergaminos y títulos de propiedad conservados con unción y respeto; una vida consagrada a la tradición de sus mayores.
—Es mi tierra, señor… La tierra donde todos nacimos y algunos vivimos. La tierra que nos acoge cuando termina la vida y comienza la historia. Aquí, a pocos pasos, en la capillita de San Javier, está sepultado el tercer arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Uladislao Castellano, primo de Nicolás Castellano, mi señor padre.
En ese momento se suma uno de sus hermanos: Julio, jubilado como gerente del Banco de la Nación en Buenos Aires y con deseos de radicarse definitivamente en el terruño. El otro hermano, Miguel, es un médico eminente y director del Sanatorio Marítimo de Mar del Plata.
—Todos somos Castellano de Castellano. Imagínese: dos bisabuelas y un abuelo de igual apellido. Eran tres hermanas: Ignacio Castellano, abuelo de mi madre; José María Castellano, padre de mi padre; y la abuela de mi madre, doña Santos Castellano.
La intrincada trama genealógica evidencia los lazos que unían a las familias tradicionales entre Yacanto y San Javier.
La abuela y el misterio de la «media receta»
—Ese retrato, ¿es de la abuela?
—Así es. Gran mujer: «la médica del pueblo», y sin título. Antes no había caminos ni transportes rápidos; para llevar un hijo a estudiar o al médico había que cruzar las Sierras Grandes en tres días de lomo de mula. Mi abuela tenía buena mano y gran sabiduría. Mire usted: en esta balanza pesaba los yuyos y en este mortero preparaba sus «medias recetas».
—¿«Media receta»?
—Sí… la receta entera solo podía firmarla un médico con título. La abuela, con su experiencia y ante la urgencia, preparaba un remedio con el que curó a muchos lugareños de afecciones graves. Cuando más tarde llegaron los médicos alarmados por el brote, comprobaron asombrados que los únicos que habían sanado eran los tratados con la «media receta» de la abuela.
—¿Quizá fue en Yacanto donde se descubrió la penicilina? —bromeamos.
Doña Mercedes ríe jovialmente y continúa desgranando anécdotas.
Del trigo a la vid, y de los frutales al turismo
—¿Así que usted ha sido testigo del crecimiento de estas tierras?
—De su crecimiento, por desgracia, no; de su disminución…
Mercedes pierde la mirada hacia las cumbres del Champaquí. La tormenta, tal como pronosticó, pasa de largo. Las nubes bajas quedan suspendidas en las crestas serranas. El viento cesó y el pueblo reposa en sosiego.
—Estas tierras eran pródigas en trigo; todos sembrábamos cereal. Allí donde hoy funciona el Hotel Yacanto estaba el molino harinero. Una desgracia familiar lo golpeó duramente cuando uno de los hijos cayó en el engranaje de la piedra. Más tarde llegó el ferrocarril inglés: el progreso. Compraron las instalaciones del molino por unos diecisiete mil pesos y al poco tiempo lo clausuraron. Con el tren resultaba más barato traer la harina en vagones que procesar el grano localmente. Así se extinguieron nuestros trigales; el progreso suele cobrar ese precio a las pequeñas industrias regionales.
—¿Y qué hicieron entonces?
—Plantamos viñedos. Hubo abundancia de uva durante años, hasta que el mercado volvió a cambiar. Hoy trabajamos con frutales y campos de pastoreo; seguimos adelante.
Basta recorrer las huertas del pueblo para comprobar cómo la fruta perfuma y llena de matices el paisaje serrano.

—Y nos convertimos en dulceras —agrega Mercedes con orgullo—. Mire usted los diplomas y distinciones que he obtenido en exposiciones artesanales. ¿Quiere saber de dulces y letras? Visite a Dora López Zamora de Torres: hace versos y elabora mermeladas exquisitas.

El Hotel Yacanto y la huella de los veraneantes
—Y el antiguo molino harinero, ¿dio paso al actual Hotel Yacanto?
—El mismo. La empresa del ferrocarril, animada entre otros por los doctores Segura, lo transformó en ese establecimiento tan tradicional. En sus inicios concurrían sobre todo residentes británicos atraídos por la cancha de golf; hoy lo visita un público diverso. Verano tras verano, los viajeros renuevan la vida de la villa.
—Turistas que también han descubierto el encanto serrano en invierno…
—Sin duda. La montaña tiene un imán poderoso. Como dice el refrán criollo: «Cuando maduran las brevas, todo serrano se hace presente». Y lo mismo ocurre con las familias porteñas.
—¡Cuántas personalidades habrán pasado por estas galerías!
—La lista sería inagotable. Recordamos con especial afecto a doña María de la Plaza de Díaz Moreno —sobrina del expresidente Victorino de la Plaza— por su generosidad con los vecinos, y a la familia Segura. Aquí cerca conservan la casa paterna; este verano se encuentra don Ángel. Y en las inmediaciones del hotel se levanta la histórica finca del doctor Eliseo Segura.

Habíamos visitado esa propiedad temprano: imponentes pircas de piedra, añosas arboledas, jardines cuidados con devoción y galerías que conservan la impronta de su creador. En un recodo del patio, rodeado de canteros florecidos, un busto recuerda la figura del prestigioso médico.
La campana del sosiego
La campana del Hotel Yacanto comienza a sonar, marcando el horario con la reconocida puntualidad de don Ernesto Rothballer.
Nos despedimos. En la galería queda sentada, serena y hospitalaria, la señorita Mercedes Castellano. Su relato rescata el alma de una época donde el tiempo se medía por las estaciones, el rumor incesante de las vertientes y la sombra protectora del cerro Champaquí.