A modo de prólogo: David Camargo relata que el coronel Juan Pascual Pringles se negó a rendir su espada ante cualquiera que no fuese el general Facundo Quiroga1, motivo por el cual el oficial Camargo lo hirió a traición en el vientre. Camino al campamento, el coronel murió desangrado luego de beber el agua que le ofreció otro oficial. Al recibir los restos, Quiroga interrumpió las celebraciones, cubrió el cuerpo con su propio poncho en señal de respeto y amenazó de muerte a Camargo por haber ultimado vilmente a un enemigo que se había entregado invocando su nombre. Este último es el protagonista de la historia que sigue, que ocurrio en el patio de la casa de mis padres….
Camargo
Dora Lopez Zamora de Torres
Chankanta – 1930
El que llegaba a San Javier hace muchos años, recibía una profunda impresión.
Después de transponer la loma florida que está engarzada en el último recodo del camino, se encontraba de pronto en la plaza, en cuyo frente principal, mirando al norte, sobre un barranco del arroyo, se levantaba la iglesia antigua presidiendo el Camposanto enclavado de sencillas cruces.
Por los otros costados rodeaban la plaza caserones familiares techados con pesadas tejas españolas, y con galerías hondas y tan sombrías como claustros, cuyos cortinados de montañesas y de jazmines entraban por los corredores a prenderse en las rejas de las ventanas o salían a enredarse en los naranjos y limoneros del patio, confundiendo su sombra y mezclando su aroma al de los azahares. Algunas de estas moradas extendían su arboleda y su viña hasta el pie de las sierras.
El viajero de entonces hubiera sorprendido pintorescas escenas en la plaza: los esclavos llenando los cántaros en la acequia real o acarreando enormes cestos de fruta, y se hubiera sonriendo al escuchar al africano Colcón en su prédica monótona, y en su original modo de pedir limosna:
— ¡Lune Mate! no tabajes, ayúdame hijo mío, viejo cansao ¡pichana!
0 a Bautista, el esclavo de don Estanislao, entregado a sus faenas, muy contento cantando su único canto:
La tuturilla del campo que llorando dice así
¿Quién me mata? ¿Quién me hiere!
¡Tu tururi tururi tururi!
La bonita y tranquila población costeando la calle atravesaba tres arroyos y pasaba por Yacanto hasta perderse en las lomas de La Población, siempre adornada por las casas de anchos murallones, rojos tejados y tapias cubiertas de trepadoras, y de vez en cuando por graciosos ranchitos ocultos entre la maraña de los cerros. Era la calle como un camino robado a los huertos que hacia el naciente y por el oeste prolongaban hasta muy lejos sus frutales.
Mucho ha cambiado el pueblo. La iglesia vieja ha sido derruida y el Camposanto disimulado bajo una plazoleta. Los antiguos caserones casi son ruinas. Donde estaba el hermoso jardín de don Manuel Torres se ha levantado un templo moderno, y a su lado la casa parroquial que ostenta en su fachada pretenciosa, balcones de hierro.
El arroyo dio muestras de indignación por este atentado contra el buen gusto. En su última gran creciente, como un ladrón que alza su presa al hombro y escapa, levantó sobre su lomo la mitad de la casa parroquial y se echó a correr furioso, golpeando y desmenuzando los ladrillos.
El mal ejemplo cunde fácilmente: algunas casas semejantes a la parroquial y otras peores aún afearon el pueblo, y hoy sobre la maravillosa visión que ofrecen la montaña y el valle, parece el desalmado caserío, la línea torcida y oscura con que una mano envidiosa hubiera cruzado el lienzo de un paisaje bellamente pintado.
Era en el tiempo de la tiranía.
La vida en Yacanto se deslizaba patriarcalmente en los hogares de costumbres tan sencillas.
Las señoras, que eran habilísimas e industriosas, contribuían con sus trabajos al sostenimiento de sus familias.
Madrugadoras, el sol las encontraba de pie todas las mañanas y dedicaban el día entero a sus telares, a hilar el algodón que ellas mismas cultivaban y, ayudadas por sus esclavas, cosechaban sus huertas y en grandes pailas de cobre hacían jaleas y conservas de frutas y riquísimas tabletas. Mientras que los hombres, ganaderos todos, lidiaban con la hacienda por los campos o dirigían personalmente el cultivo de la tierra. Al toque de oración, amos y esclavos rezaban el rosario, reuniéndose después las damas sobre los estrados cubiertos de chuces para bordar, tejer o hilar, saboreando un tecito de azahar o de poleo y en las grandes ocasiones un pocillo de chocolate, habilidad de alguna de las mulatas de la casa.
Los señores, entre tanto, bajo los corredores o bajo los naranjares, discutían sobre política entre mate y mate.
Y el pobrerío tenía la honesta diversión de “Las Mingas”, que consistía en la reunión de todas las hilanderas del lugar y entre conversaciones se trabajaba, había apuestas y premios: a la que hilase el hilo más largo, se le regalaba una rosca de pan caliente.
En los días festivos se oía la jarana en los ranchos y el tambor con cuyos sones se acompañaban los bailes con relaciones. El del marote era muy popular entonces.
Dónde está Marote?
En la pulpería
Tomando aguardiente
Hasta medio día.
Que se quema el zanco
Que se quemará
Y si se quemara
¿Qué gusto tendrá?
El amor de los negros
No me alborota
Porque nunca he sufrido
Negros con mota.
Para qué venís pintando
Si la traza no te ayuda
Cara de capacho roto
Cuerito de alzar basura.
De tarde en tarde, llegaban noticias espeluznantes de Buenos Aires, enardeciendo los ánimos de los hombres, casi todos unitarios.
También, de vez en cuando, llegaban hasta Yacanto montoneras al mando de bandidos, formadas por el malevaje de los llanos, que al grito de: ¡Viva la Santa Federación! cometían atropellos y robos, e imitando los procedimientos de la mazorca, obligaban a llevar el moño colorado a las mujeres, rapándolas y castigándolas en caso de resistencia.
Eran tales los excesos de las patrullas de gauchos, que la gente pudiente huía a Córdoba, donde pedía a los conventos de Las Teresas y de Las Catalinas amparo para sus hijas 2.
En una alta loma de La Población, llamada El Divisadero, se estableció un vigía que, escudriñando el camino hasta muy lejos, podía advetir cualquier polvareda que anunciase la presencia de varios jinetes, haciendo entonces una señal que corría por todos los hogares como un reguero de pólvora, dando tiempo a la gente a guarecerse en las tortuosidades de la sierra, después de haber encendido en lugar seguro sus cosas de valor.
Don José María Castellano era unitario de corazón, pero su carácter plácido y bonachón lo mantenían alejado de las reuniones políticas, prefiriendo pasarse el rato en la novena de San Francisco Javier, cantando en el coro y acompañando con guitarra las estrofas, o en San Javier en la sociedad de las viejas, en las jugadas de malilla que se armaban en la casa de doña Rafaela Paredes, haciendo rabiar un rato con sus bromas y trampas a las buenas señoras, que no podían pasarse sin él.
Jamás pensó José María en huir a las sierras porque avanzaran las montoneras. ¡Para qué andarse asoleando por las laderas, o espinándose por la Cuesta de las Cabras! Mucho mejor era quedarse tranquilamente en las casas. Todo pasaba; eran tormentas en vasos de agua.
Así es que cuando el vigía de La Población hizo cundir la alarma a la vista de una gran polvareda por el Carril del Bajo, José María se dejó estar bajo el encatrado de glicinas en esa linda mañanita de octubre, tomando el mate que le cebaba el negro Bautista y comiendo los bizcochos horneados por la esclava Cecilia.
Y enfrenó la gentuza frente a la puerta, y al grito de: ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes Unitarios! se apeó la montonera, a mando de David Camargo, bandido puntano que había reclutado en su provincia, en La Rioja y hasta en San Juan, a todo gaucho malo dispuesto al pillaje, haciendo gran alboroto y con ruidos de sables y espuelas, entraron a lo de José María, tomándolo mansito bajo las glicinas. Después de ponerle los grillos fue reunidos con otros dos prisioneros, uno de ellos don Genaro Funes, capturado en Santa Rosa.
Mientras tanto el gauchaje se entregaba al saqueo. La gente había huido aterrorizada. Todo se destrozaba, por el gusto de hacer daño, vaciando los sacos de harina, volcando los pellejos de vino, de los que bebían hasta embriagarse, dando vuelta los noques de arrope. La hacienda fue arriada: hasta la vaca lechera fue “requisada”.
Bautista, que era un negro fiel y adicto a su amo, cruzando las huertas, fue avisando vivienda por vivienda lo que ocurría: así llego hasta el “Pueblito”, que era la estancia de doña Juana Arias de Piñero, la suegra de José María.
La piadosa señora apenas enterada de los acontecimientos, corrió desesperada por el camino, pero antes de abrazar a su hija desolada, quiso implorar a San Francisco Javier, el milagroso patrono, y llegaba a la puerta de la iglesia cuando vio venir del lado opuesto la comitiva que se llevaba a José María y sus compañeros.
Pidióle la bendición a su suegra y le recomendó su mujer y sus hijos.
Enterado Camargo del parentesco, dijo con sorna:
—Encomiende, señora, el alma de su yerno, que morirá hoy.
A lo que contestó la aludida altivamente:
—Por vos voy a rezar, ¡pícaro! porque sos vos el que va a morir hoy.
Desesperado el mulato Bautista por la suerte de su amo, no dejó puerta sin llamar en busca de auxilio, y así logró que los hermanos Gómez organizaran una partida para rescatarlo, de la que se nombró jefe a Javier Gómez y ayudantes a Francisco Torres, Alejo Gómez, Agustín Herrera, Feliciano Bringas, que era rastreador, y el negro Bautista, y este puñado de valientes arrastró muchas personas.
Rápidamente se concibió el plan sencillísimo:
Perseguir la montonera, alcanzarla; don Javier Gómez se acercaría para preguntar: ¿Cuál es Camargo? Al identificarlo descerrajarle un tiro con la pistola, que era la mejor arma con que contaban, las otras eran un trabuco, una escopeta y garrotes.
Ideado el plan, muy fácil era llevarlo a cabo.
Don Javier Bringas rastrearía en caso necesario y como Camargo había tomado el carril real: las huellas estaban frescas, no había más que seguirlas.
Después de haber corrido cinco leguas, a las dos de la tarde, alcanzaron la partida en la playa que hay a la entrada de un bosque en el lugar llamado La Virgen de la Libranza, al oeste de Villa Dolores3.
Camargo había desensillado allí para descansar y churrasquear con su gente.
Tal vez el pensamiento de Camargo no fuera de fusilar a José María, sino llevárselo como rehén, exigiendo caro el rescate, y dijo aquellas palabras a doña Juana sólo con el fin de atemorizarla y hacer valer más el preso.
Como estaba convenido, acercóse Javier a la patrulla, solo, y preguntó en alta voz:
—¿Quién es Camargo?
Levantóse éste respondiendo:
—Soy yo, ¿para qué me busca?
—Para matarlo — contestó Gómez — amartillando la pistola, de la que fallaron los dos tiros.
Dio entonces Javier media vuelta y huyó. Camargo saltó sobre un parejero, que había “re-quisado” en la estancia de Arias esa mañana, y se dio a perseguirlo.
Era como una luz el parejero para correr, pero durísimo de boca; volaba pero en línea recta; tomaba velocidad pero no había freno ni riendas capaces de hacerlo torcer. El fugitivo lo capoteaba, hacía gambetas y se escabullía al sable de su perseguidor; y en una de esas pasóle tan cerca del cuello que exclamó Camargo:
— ¡Te fregastes, maula!4
Pero en ese instante Herrera alcanzó a darle un trabucazo en la cabeza al bandido, diciéndole:
— iEl que te fregastes sos vos!
Cayó el capitán por las crines del animal y fue ultimado a garrotazos por el negro Bautista.
A todo esto, la gente de Camargo cuando vió caer a su jefe, corrió en su auxilio. Esto asustó a los hombres de Gómez y muchos se volvieron a Yacanto, quedando sólo don Francisco Torres, el viejo Bringas, los Gómez y el negro Bautista contra los treinta gauchos de Camargo que los persiguieron hasta la entrada del bosque, donde trataron de internarse.
En tan crítico momento cayósele la escopeta a don Francisco y salió un tiro, lo que hizo suponer a los enemigos que se había preparado una emboscada, y trataron de salvarse huyendo.
Mientras tanto los presos se dijeron:
—Y qué hacemos nosotros aquí? Estamos solos, ¿esperar que vuelva Camargo?, es demasiada buena voluntad; tratemos de escapar. Y dando saltitos, porque los grillos les impedían el manejo de los pies, trataron de refugiarse en la espesura, pero cayeron en un foso profundo relleno de malezas.
Y esperaban allí la noche para salvarse cuando oyeron una conversación que los llenó de espanto:
—Por aquí han seguido, decían las voces todavía lejanas.
—Estos rastros son recientes y son de personas, hablaban las voces más cercanas.
Comprendían los fugitivos que los buscaban y rezando el Yo Pecador, empezaron a encomendar su alma, mientras seguían con los pelos erizados la marcha de la pesquisa que se les hacia un juego de muerte.
— ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Por aquí, por allá! ¡Frío! ¡Tibio! Caliente, pensaban temblando y sudando nieve.
—Aquí están — exclamó triunfante una voz, y una antorcha de chamico alumbró el foso.
Ni se animaban a respirar ni a levantar la cabeza. Por fin, agonizando de miedo, alzaron los ojos y vieron las ansiosas caras de sus amigos, que habían expuesto sus vidas por ellos.
Y salvados y salvadores llegaron a Yacanto al alba, y cambiaron el llanto que habían puesto en todos los ojos los camaradas que regresaron antes, que hablaron de siete finados, profetizando la muerte de todos, por sonrisas de felicidad.
- Juan Pascual Pringles (San Luis, 17 de mayo de 1795 – Río Quinto, 19 de marzo de 1831) fue un militar argentino que participó en la guerra de la independencia y en las guerras civiles de su país. Fue uno de los descendientes de la conocida princesa indígena Juana Koslay y el Capitán español Juan Gómez Isleño. ↩︎
- A Rosario Castro Barros, después madre del Arzobispo, Uladislao Castellano, tuvo su tío y tutor que ampararla en el convento de las Teresas en Córdoba por persecución de Facundo Quiroga que se había enamorado de ella, y traerla desde la Rioja por caminos desconocidos. ↩︎
- Villa Dolores en esa época aun no habia sido fundada, llamado el lugar el paso del León. ↩︎
- Palabras textuales ↩︎