
Recuerdos de su nieta María
Abuela Joaquina:
- Cuando empezaban las tormentas de verano, prendía unas velas finitas y rezaba en la ventana haciendo cruces con la vela para proteger la fruta de la quinta de la piedra.
- Flor de susto me pegué un día, cuando me pidió: «A ver, m’hijita, alcánceme una olla chiquita». Y cuando abro la puerta pintada de verde agua del bajomesada, ¡me encuentro con una víbora! Era una musurana que dormía dentro de la olla a presión, ¡que cuidaba que no hubiera ratones! También me acuerdo del sabor del agua del cántaro, ¡era increíble el frescor que mantenía!
- Tenía criadero de gallinas. Alrededor de las once, después de recolectar los huevos, Puchito era el encargado de la fritanga. Sentados en cajones de frutas, al frente del galpón y sobre un brasero: un sartenazo enorme con cebolla, tomate, todos los huevos rotos, sal, ¡y a disfrutar! ¡Qué rico! Se mezclaba el sabor de lo quemadito.
- Lavábamos la ropa en el canal, y cuando nos metíamos nunca faltaban los chonchacos (sanguijuelas) que se te pegaban en las piernas.
- Esperábamos la siesta: cuando los grandes dormían, nos metíamos debajo de la escalera, donde había una despensita con los frascos de dulce de leche. La abuela los dejaba abiertos y se hacía una costra que era un manjar. Después, ¡la abuela preguntaba de quién eran esos dedos!